Mentir para (sobre)vivir

pinocchio-595732_1920La mentira es el arte del engaño, según la sabiduría popular.

La mentira es al político lo que al campesino es el arado. O al menos eso es lo que entendemos en México que es la política. Es frecuente escuchar en la calle, en alguna conversación casual en un café, incluso en mesas de debate transmitidas por radio o televisión, que la política se basa en engañar. Prometer para obtener un hueso, y una vez obtenido, olvidar lo prometido, rezan voces populares.

No es de asombrar que entre los mexicanos, la política sea una de las profesiones con menos prestigio de todas. Ejemplos sobran, cuando hablamos de políticos mentirosos. Basta recordar a Javier Duarte cuando negó haber desviado recursos públicos de Veracruz, y lo que después se le comprobó. Ningún político está exento de esto, y el problema se encuentra desde la raíz de donde son escogidos: la versión corrupta de la democracia, instaurada en nuestro país.

El camino al poder

Para llegar al poder es necesario que el político convenza a las masas de que es el indicado para ocupar el puesto. Por ello, es habitual que recurran a eventos masivos donde prometen cambios, ajustes, y toda clase de apoyos a la población que puedan atrapar a una mayoría de votantes. Los escuchamos hablar de apoyos a madres solteras, subsidios para el campo, becas para estudiantes, todos ellos sectores de la población que requieren del apoyo gubernamental para subsistir, pero lo que realmente ayudaría, mejorar las condiciones económicas, no es tan fácil de explicar y por lo tanto no funciona como discurso político dirigido a las masas

Pero cuando hablamos de sectores especializados sí que funciona hablar de programas económicos a largo plazo, mejoras en las condiciones para importar o exportar productos, o negociaciones con nuevos socios comerciales. Sin embargo, también a estos sectores se les engaña.

Maquiavelo, en su libro El príncipe, trata de explicar a un gobernante cómo debe ejercer su mandato. Para ello, le da varios consejos que muchos políticos aún toman como base de sus políticas públicas. Respecto a la mentira, menciona:

Cuando un príncipe dotado de prudencia ve que su fidelidad en las promesas se convierte en perjuicio suyo y que las ocasiones que le determinaron a hacerlas no existen ya, no puede y aun no debe guardarlas, a no ser que él consienta en perderse.

Cuando hablamos de promesas políticas, generalmente nos referimos a promesas de campaña. Planes de gobierno, que incluso se llevan ante notario público, aunque esto en la práctica no sirva como garantía de que dicho plan será cumplido.

La frase de Maquiavelo guarda verdad en el punto donde el realizar un acto prometido sería contraproducente, e inmediatamente después explica que si todos los hombres fueran buenos, el precepto sería malísimo. Pero como no lo son, entonces se justifica el engaño. Pero también advierte de la astucia necesaria para encubrir el engaño, fingir que se cumple cuando no se hace. Es precisamente esto lo que los políticos aprenden, hacer sin hacer. De esta forma, se utilizan distintas tácticas para encubrir la falta de voluntad para realizar algún acto.

Por ejemplo, si un presidente de la república promete una reforma a la constitución que sería muy popular entre el pueblo, pero afectaría los intereses de su partido (como reducir el número de congresistas), es primordial para la ciudadanía dudar de dichos argumentos. Aún si el presidente logra una mayoría en el congreso, la posibilidad de que dichas reformas se aprueben será muy baja, y probablemente el debate se alargue tanto que la gente termine por olvidarlo. En otros casos, se argumentará que la oposición decidió que no apoyaría al presidente y se traslada la culpa a otro grupo político.

Promesas sin intención de ser cumplidas

De esta forma, quienes aspiran a un cargo público pueden calcular aquellas mentiras que les serán más benéficas, y a la vez pensar en cómo podrán evadirlas una vez en el puesto. Quienes tienen menos posibilidades de llegar a la boleta, se dan el lujo de prometer cosas más excéntricas, que saben que no tendrán si quiera que poner en la agenda pública, pero que sí les dará un momento de atención, que pueden ganar para posicionar a su partido. Recordemos aquí la frase de Jaime Rodríguez “El Bronco”, gobernador de Nuevo León con licencia para contender como candidato independiente a la presidencia de la república, en último lugar en las encuestas: “Hay que mocharle la mano al que robe”. Más que excéntrico, es ridículo. Como el mismo calificaría, una barbaridad.

En el libro La República, de Platón, también se toca el tema de la mentira política:

Pues si a algunos les conviene mentir, [es] a los gobernantes de la ciudad, para poder engañar a los enemigos o a los ciudadanos en interés del Estado, pero ninguno de entre todos los demás debe atribuirse ese derecho; más si un particular miente a los gobernantes, lo declararemos más culpable que al enfermo que engaña a su médico o al que hace ejercicios [gimnásticos] y no dice la verdad a su instructor respecto a sus condiciones físicas, o el marinero al piloto, respecto al estado de las naves y de la dotación o respecto de lo que él o alguno de sus compañeros realiza.

A los gobernantes les es permitido, según el libro, mentir siempre que sea en beneficio del estado. Pero también aclara que la condena para aquellos que le mientan al estado debe ser severa. El estado se ve como una entidad omnipotente que conserva el monopolio de la mentira, con el fin de cumplir sus propósitos. Sin embargo, con esto se sacrifica el interés individual de los ciudadanos, en favor del bien común. Se sacrifica al individuo, en aras de proteger a la colectividad, pero sabemos que esto no siempre es así. O mejor dicho, desde un punto de vista particular (individualista), el bien común no siempre resulta en lo mejor. Esto lo saben bien quienes se encuentran en la esfera del poder. Por lo que para ellos, generalmente el bien común se refiere a aquello que defiende sus intereses. Ellos son “la colectividad”. Bajo este pensamiento, la clase política se vuelve la reina del hormiguero, sin la cual el resto no podrá sobrevivir.

David Adrián García

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